Yo he visto lo que la Palabra de Dios hace en las vidas de hombres y mujeres. Recuerdo ahora mismo de un señor que escuchaba mi programa de enseñanza bíblica en Oakland, California. Lo conozco bien. No les voy a decir todos los detalles de su vida, pero él tenía tantos problemas, tantas dificultades y estaba metido en más pecado que cualquier otro hombre que conozco. Este hombre empezó a escuchar el programa.

He sabido de personas que escuchan el programa por primera vez y se convierten, eso es magnífico. Pero este señor empezó a escuchar el programa radial y seguía escuchando semana tras semana. Se volvió antagónico y muy enojado. Más tarde dijo: “Si pudiera haberlo agarrado a usted cuando estaba enseñando la Epístola a los Romanos, diciéndome que yo era pecador, le hubiera dado un puñetazo en la nariz.” Y francamente, creo que bien lo podría haber hecho porque él es mucho más grande y más joven que yo. Me alegro de que no le fuera posible agarrarme. Pero este hombre aceptó a Cristo, y permítame decirles que ha sido maravilloso ver lo que Dios ha hecho en su vida.

Testimonios así como este pueden repetirse muchísimas veces. Jóvenes y adultos han hallado provecho y realización en la vida, matrimonios han sido rescatados, familias han sido reunidas, individuos han sido librados del alcoholismo y la adicción a las drogas. Las vidas de muchos han sido transformadas por llegar a Cristo.

Ahora, permítanme darles otra razón. Al terminar mis estudios en el seminario, mi predicación se enfocaba en la defensa del evangelio. Procuraba defender la Biblia. En efecto, creo que cada mensaje que yo predicaba trataba de aquel tema. Yo pensaba que si encontraba las respuestas adecuadas a las preguntas que la gente se hacía para justificar su incredulidad, ellos llegarían a creer. Sin embargo, me di cuenta que la peor cosa que podía hacer era azotar la intelectualidad de un hombre. En el momento de hacerlo, nos haríamos enemigos y nunca podría ganarlo para el Señor. Así que me desprendí de la esfera de la apologética y empecé a enseñar la Palabra de Dios de la manera más sencilla que me fuera posible. Sólo la Biblia puede cambiar al pecador en santo.

Otra razón por la cual me desprendí de la esfera de la apologética por un desarrollo positivo en mi vida. He llegado al lugar en mi vida donde no sólo creo que la Biblia es la Palabra de Dios, sino que también sé que es la Palabra de Dios. Yo sé que es la Palabra de Dios porque el Espíritu de Dios la ha hecho real a mi propio corazón y vida.

Es lo mismo que Pablo escribió a los Colosenses. El oraba que “seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual.” Yo también quiero eso, porque he hallado que el Espíritu de Dios sí puede confirmar estas cosas en el corazón suyo, y que usted no necesita de la arqueología o ninguna otra cosa para probar que la Biblia es la Palabra de Dios.

Hace mucho tiempo un joven predicador me dijo, “Dr. McGee, ¿no es maravilloso que hayan descubierto eso?” y mencionó algo en particular. Le dije que yo no lo consideraba ser una cosa de tanta emoción, y él llevó un chasco grande y aun un disgusto porque no le respondí como él quería que respondiera, y me preguntó cómo era posible que no me impresionara el nuevo descubrimiento. “Bueno,” le dije, “Yo ya sabía que era la Palabra de Dios mucho antes de que la pala del arqueólogo desenterrara aquello.”  Y, “¿cómo lo sabía?” me preguntó. “El Espíritu de Dios lo ha estado verificando en mi propio corazón,” le contesté.

Espero que el Espíritu de Dios no solamente haga real la Palabra de Dios para incorporarla a su vida, sino que también le dé la seguridad de saber que es la Palabra de Dios.

Editado de Guías para el Entendimiento de las Escrituras

Por J. Vernon McGee

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